EN LA ORILLA





 EN LA ORILLA*


Por: Eduardo Tovar Murcia

Su cuerpo sigue paralizado mientras intenta ver alguna señal de vida bajo las turbias aguas del Magdalena. Luego de unos minutos de larga espera solo percibe el transcurrir de hojas, troncos y basura plástica que se arremolina perezosamente cerca de la orilla. Sigue atento a la corriente de agua pero en ningún momento emerge el bebé. No lo puede creer. Siente un vacío en su estómago. También ganas de vomitar. Una mano en la espalda lo saca de su estupor.

«No está», dice el otro hermano, el del medio. El rumor de las aguas continúa impasible.

Se sienta sobre los talones y enseguida empiezan a llorar en silencio, con hipo. El mayor lo toma por el hombro y lo levanta. Agarra su cara con la mano derecha y la dirige hacia la suya, casi con violencia: «¡Mamá!», exclama como si en ese momento recordara que tiene una. El menor asiente; los ojos rojos. Recuerda la orden que les dio para que cuidaran al bebé y no lo dejaran acercar demasiado a la orilla.

Pero se demoró más la mujer en entrar a casa con el hombre que los niños en continuar el juego de esconderse el uno del otro. Las risas se apagaron cuando echaron en falta al pequeño. Se miraron y comenzaron a preguntar por él; a repartirse la culpa. Al final, el mayor le ordenó al otro que buscara por todas partes, sin entrar a la casa, claro, ya que mamá estaba trabajando «necesitamos lo del diario, no me vayan a molestar», les dijo.

Por su parte, el mayor empezó a caminar por la ribera del río, atento al movimiento de las aguas, pero nada. Luego de una hora se detuvo, miró la corriente, abstraído, con la certeza de que ya no volvería a ver al pequeño. Fue entonces cuando la mano de su otro hermano en la espalda lo devolvió a esa irrevocable realidad.

Regresaron a casa, la mirada en el suelo de tierra, como buscando una respuesta a lo sucedido. La mujer ya se estaba despidiendo del hombre cuando los vio. Buscó en derredor y finalmente preguntó por el pequeño. La respuesta de los niños fue bajar de nuevo la cabeza y apretar los labios y los ojos en una mueca de frustración.

El grito fracturó el ulular del viento sobre los árboles. Los vecinos salieron y todos empezaron a buscar al chiquillo río abajo. Nada. Llegó la policía y empezaron las preguntas sin respuestas. Los niños no supieron qué decir. Su madre los miraba con los ojos bañados en lágrimas, ya sus contornos estaban rojos de tanto llorar. Los puños cerrados a la altura de sus caderas.

Decidieron detener la búsqueda una vez llegó la noche. Los vecinos regresaron a sus casas entre murmullos y voces de lamento unos, de esperanzas otros, que la mujer recibió con una media sonrisa en los labios. Buscó a sus dos hijos pero no los encontró hasta cuando entró a la casa. Estaban sentados en la cama, llorando. Iba a decirles algo cuando dos golpes fuertes en la puerta interrumpieron como una pequeña ilusión.

Otro hombre, distinto del de la mañana, está frente a la puerta. La mujer no oculta su decepción, pero le regala una sonrisa forzada. «¿Está libre?», pregunta. Suspira y asiente. Antes de entrar a su cuarto dice a los niños:

«No me vayan a molestar. Tengo que trabajar».

*Cuento ganador del segundo lugar en el concurso departamental de Literatura "Humberto Tafur Charry" 2020.

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