LA EDUCACIÓN SENTIMENTAL DE HOLDEN COULFIELD
La controversia que generó la publicación de la única novela del escritor norteamericano Jerome David Salinger, El guardián entre el centeno, prevalece luego de 68 años. Dicha polémica ha cambiado con el paso del tiempo, por supuesto. Al comienzo, cuando fue publicada en 1951, el libro causó revuelo por su lenguaje directo, soez; por abordar sin reticencias temas vetados para la época: la sexualidad y el cuestionamiento a la sociedad norteamericana de aquellos años. Por lo demás, la lectura que se hace hoy en día de la novela se conduce más bien hacia la construcción de la adolescencia en su personaje principal, ese paso obligado que hay entre la infancia y la adultez.
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| J. D. Salinger, ilustración de la revista ‘Time’, en 1961. |
Tal vez sea por lo que El guardián entre el Centeno ha
dejado una marca perdurable en muchas generaciones que siguieron a su
publicación. Sobre todo a “personas a quien la conducta humana ha confundido,
asustado y hasta asqueado”, como al joven
Holden Coulfield, su protagonista y arquetipo del adolescente en busca de una
identidad.
Y es justamente Holden, protagonista de esta novela, quien
nos lleva a reflexionar acerca del tránsito de la infancia a la adolescencia,
pero explorando además la visión del mundo de su protagonista y la relación de
éste con su entorno, lo que dará una perspectiva de la educación sentimental de
la creación literaria más reconocida de J. D. Salinger.
En la novela Holden se autodefine ―recordemos que está
narrada íntegramente en primera persona―como un joven de dediecisiete años, que
mide seis pies y dos pulgadas y dice tener un montón de canas en el lado
derecho de la cabeza y contar con un lenguaje pobrísimo. Además, se considera
un analfabeto, pero que lee muchísimo. De carácter sumamente nervioso, a veces
cobarde.
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| Tomada de Pixabay |
En cuanto a sus relaciones afectivas podemos decir que, si
bien Holden se caracteriza por ser un estudiante promedio, por no decir
mediocre, a quien le disgusta la hipocresía de las personas que lo rodean —la
de sus compañeros, profesores, a veces su familia; en sí de la sociedad, “tanto
que me sacan de quicio. Me deprimen tanto que me pongo enfermo”, llega a decir―.
Pese a esto, lo que no podría decirse es que Holden es un paria social.
Y no lo es sencillamente porque él hace parte de una familia
tradicional, económicamente solvente. Sumado a lo anterior, Holden demuestra un
enorme cariño por su pequeña hermana, Phoebe; así mismo considera a sus padres
gente buena y recuerda con aprecio a su hermano mayor que vive en otra ciudad y
a su fallecido hermano menor, Allie, con quien habla habitualmente. Lo que pasa
con Holden es simplemente que está creciendo. Esto lo lleva a adoptar conductas
díscolas que lo limitan a la simple Rebeldía.
"Holden, protagonista de esta novela, quien nos lleva a reflexionar acerca del tránsito de la infancia a la adolescencia"
Y eso tampoco es cierto. Holden, a medida que va afrontando
los problemas lógicos del paso de la infancia a la adolescencia, va dándose
cuenta de que la realidad ―la de su época― no es la maravilla que le quiere
vender el mundo de los adultos, y como resultado de esas observaciones, Holden
va constituyéndose en una especie de conciencia colectiva; es decir, en lo que
la mayoría de personas creen pero pocos dicen.
Por ello consideramos a Holden como la voz crítica de la
época, y tal vez sea esa misma razón —la voz disidente, contestataria— lo que
lo hizo granjearse la admiración de tantos lectores a través de los años. Allí
radica la importancia del arte y de la literatura en particular: en trascender
en el tiempo y mantener vigente el discurso transgresor.
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| Tomada de Pixabay |
A continuación exponemos algunos fragmentos de la novela que
dan cuenta de esa mirada: “Me paso el día entero diciendo que estoy encantado
de haber conocido a personas que me importan un comino. Pero supongamos que si
uno quiere seguir viviendo, tiene que decir tonterías de esas”. “¡Maldito
dinero! Siempre acaba amargándole a uno la vida”. “Hay cosas que
no deberían cambiar, cosas que uno debería poder meter en una de esas vitrinas
de cristal y dejarlas allí tranquilas”.“Tipos de esos
que se pasan el día hablando de cuántos kilómetros pueden sacarle a un litro de
gasolina, tipos que se enfadan como niños cuando pierden al golf o a algún
juego tan estúpido como el ping-pong, tipos mala gente de verdad, tipos que en
la vida se han leído un libro, tipos aburrido…”. “No sé por qué
hay que dejar de querer a una persona sólo porque se haya muerto. Sobre todo si
era cien veces mejor que los que siguen viviendo”.
En los ejemplos anteriores se ve claramente la mirada de un
joven que cuestiona los paradigmas de corrección establecidos por la sociedad
en que vive. Más allá de una crítica política de la situación económica del
país, lo que se encuentra en el discurso de Holden es un cuestionamiento íntimo
hacia la falsa moral del pueblo norteamericano, hacia los modelos impuestos por
la sociedad de 1950, que imponía de forma radical las maneras más “decorosa”,
“decente” y “respetuosa” de llevar todos los aspectos de la vida.
A pesar de su apatía hacia el estudio y de su aversión hacia
las posturas sociales, Holden encuentra, a lo largo de su vida, a personas que,
en el transcurso de la novela ―bien sea como recuerdos o en el presente
narrativo― lo animan por medio de charlas a que le ponga otra cara a la
realidad, una más proactiva, más positiva, más dinámica.
Así, por ejemplo, vemos al señor Spencer, su profesor de
historia en Pencey, colegio de donde lo acaban de expulsar, diciéndole: “La
vida es una partida, muchacho. La vida es una partida y hay que vivirla de
acuerdo a las reglas de juego”.
Tanto el profesor Spencer como el profesor Antolini, quien
aparecerá casi hacia el final de la novela, le hablarán de este modo con
respecto a las consecuencias que puede acarrear el no enderezar el camino que
el joven Holden ha decidido seguir:
"Esta caída que te anuncio es de un tipo muy especial,
terrible. Es de aquellas que al que cae no se le permite llegar nunca al fondo.
Sigue cayendo y cayendo indefinidamente. Es la clase de caída que acecha a los
hombres que en algún momento de su vida han buscado en su entorno algo que éste
no podía proporcionarles, o al menos así lo creyeron ellos. En todo caso
dejaron de buscar. De hecho, abandonaron la búsqueda antes de iniciarla
siquiera".
Y más adelante le dice:
“-creo que un día de
estos –dijo-, averiguarás qué es lo que quieres. Y entonces tendrás que aplicarte
a ello inmediatamente. No podrás perder ni un solo minuto. Eso será un lujo que
no podrás permitirte.”
Finalmente se lee en uno los momentos más intensos de la
novela un breve discurso que emociona por su sensatez y por la hondura con que
es pronunciado:
“Te alegrará y te
animará saber que no estás sólo en ese sentido. Son muchos los hombres que han
sufrido moral y espiritualmente del mismo modo que tú. Felizmente, alguno de
ellos ha dejado constancia de su sufrimiento. Y de ellos aprenderás si lo
deseas. Del mismo modo que alguien aprenderá algún día de ti si sabes dejar una
huella. Se trata de un hermoso intercambio que no tiene nada qué ver con la
educación. Es historia. Es poesía”.
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| Tomada de Pixabay |
A pesar del inconveniente posterior que tuvo Holden con el
señor Antolini, este pasaje resulta ilustrativo en la medida en que da cuenta
de la educación sentimental del Holden, quien, a propósito, hacia el final de
la novela nos dice al tiempo que imagina su casa cuando sea adulto: “A todos los que vinieran a visitarme les
podría una condición. No hacer nada que no fuera sincero”.
No necesitamos más que esa frase para darnos cuenta que
Holden Coulfield, pese a los incidentes que afronta en la novela —y que no voy
a adelantar—, va por buen camino, en ruta de ser un hombre, así, sin adjetivos,
que es lo máximo que se le puede pedir a todo ser humano.
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[1]
SALINGER, J.D. El guardián entre el centeno. Editorial Alinza. Barcelona, 2002.






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